miércoles, 30 de julio de 2008

Sin titulo I. Por Sebastian R., Pablo R.

Era raro que sus tacones rojos brillaran tanto de noche, a decir verdad, no brillaban sino que algo llamaba la atención. Era “La cruzada del monte”. Yo siempre me distinguí por mi pinta de alcatraz. Odiaba una camisa, ni mucho menos me pondría una corbata de ser por mí. Algo estaba diferente aquella noche de velas en las barandas. Solo pise dos rayas, odiaba las separaciones.

Sujeto: Tobías Márquez; Predicado: Alcoholisante personaje endeble ante todo tipo de adicciones y pecados, pero con una gran vocación caritativa y un alma de comunista, amante secreto de la anarquía y de Julieta. Un sujeto que, a pesar de su camisa morada y su pelo grasiento, hablaba con un aire de intelectual. Según muchos, un escritor que prometía paranoia y violetas a las orejas. Estado permanentemente depresivo, pero carismática mente sociable.

No soportaba las calles de París. Todos canosos de mierda con almas de tres metros. Todos como Huidobro. “A la mierda”, decía yo. Ella me miraba con vergüenza, como si me importara. Odiaba sus tacones rojos. Un día dejaríamos de ir al teatro y ahí abra acabado todo. No por ser escritor debo ir a esos supuestos actos dignos de una mente sofisticada, o altruista como diría cierto deforme personaje, lagos de supuesto néctar que solo alimenta el alma de aquel indefenso ignorante.

Dios, como odiaba esos tacones rojos que sonaban serios y secos cuando pisaban mis colillas. Ella tiene un problema con ella misma. Si la conocieran… Es hermosa. Cuadrada, arrivista, puta y argentina. Ni yo mismo sabía que hacia ahí, fumando Latino sentado en una banca de mármol al frente de Le rué de Montell. Un día tuve la respuesta y ahora no la recuerdo. Siempre pensaba en Julio y en por que se había fascinado tanto con esta ciudad.

De pronto se da comienzo al día D. Entran los soldados por los costados y por el centro, y su orgullo es demacrado por la sofisticada arma de la marioneta. Tomó mi mano y me obligó a tirar mi tercer cigarro en esos diez minutos de exquisita nada antes de entrar a recibir balas durante dos horas y algo.

En esas dos horas recordaba la violación a Julia, la enfermedad de esta misma y su posterior supuesto intento de suicidio. Ella se tambaleaba con ojos poco abiertos. El maquillaje estaba todo arruinado y rodaba por las paredes. Cinco pastillas. Se sentó y prendió un cigarrillo botando los ahogos en un cenicero en forma de grito. Diez pastillas, tres cigarros mas. Inconsciente lloro por la madrugada gritando sola en la averna, las paredes se abalanzaban sobre ella y pronto ceso el sollozo mientras los sillones tomaban el te. Esto no es sobre como desperdiciar, esto es como saber cocinar. Antes, los asquerosos cafés de Felipe. Después, los imbebibles cafés de Felipe, el mirar como amanece a las seis y media de la mañana. Te puedes esconder aquí de noche por la mañana hacia la madrugada. Ten bien gacho el remolino. Si te ven, las flores no crecerán solas. Camina hacia el este si quieres, asta donde alcance a ver. Te dejare brillar, un poco al comienzo pero después si. Solo déjame historias para mis futuros. Ahora si recuerdo, estaba en un soso intento por encontrar a mi maga.

Con un cigarrillo en mi mano, su hombro en la otra y mi pecho haciendo del más bello parque que llama a la gente a echarse sobre él, me encontraba en la cama disfrutando de la absoluta nada. La luz se asomaba tímida entre las persianas para cubrirme solo a mí. Como si incluso esa luz que busca iluminarme por sobre los demás tuviera miedo de mis miradas o las frases que tanto me gusta inventar. Como me gustan esas frases. Primero crean un pequeño murmullo en el público, luego la gente sobre la tarima se confunde, comienzan a revisar sus papeles, y surge esa mirada asustada hacia el productor. Y todo acaba sobre mí, sonriente, al término de mi discurso revolucionario frente a gorilas que se hacen pasar por delfines. Deberían dejar de invitarme a esos show.

Qué tranquilidad. Recordando caí en las carcajadas que despertaron a esa prostituta encubierta que por no sé qué códigos se ha escabullido todo este tiempo entre mis sabanas. Y ahí venía, como todas las mañanas, el soplo de la noche anterior. Una mezcla de alcohol, cigarros y mucho arrivismo. ¡Pero que desagradable son sus ojos sobre los míos! No sé que detesto más, ver mi demacrada figura reflejada en los ojos de ese tipo de mujer o simplemente sentir su olor pegarse a mi piel. Como si el sexo significara algo.

La eché a un lado con la mayor arrogancia posible y me levanté ignorando las pantuflas que la sirvienta con esmero coloca al lado de la cama.

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